La recuperación en K



Estamos cerca de terminar con el abecedario. Desde que comenzara la pandemia y los gobiernos y bancos centrales se apresurasen a aprobar medidas para paliar su destructivo efecto sobre la economía hemos venido discutiendo sobre la forma que tendría la recuperación. Los más optimistas veían una recuperación en V, rápida y potente. Los más pesimistas una recuperación en L, lenta e incompleta. Otros en W, con una segunda caída después de un rebote inicial. Otros vaticinaban una recuperación con la forma del símbolo de Nike. Incluso otros, más creativos como el Ministro de Seguridad Social, en forma de lámpara de Aladino.



Los que nos dedicamos a los mercados financieros, sin embargo, no dejamos de ver una letra por todas partes, miremos a donde miremos. Es la K.


La recuperación en forma de K no es exactamente una recuperación, pues sólo recupera la pata superior de la letra, que va up and to the right, como está de moda decir, mientras que la pata inferior no mejora. El estar en la pata superior de la K depende de muchas cosas, casi hasta se podría decir que no hay una única K, sino que tiene múltiples dimensiones.


La bolsa es un claro ejemplo de esto. Aunque a nivel agregado podamos ver una especie de V, con el índice global MSCI World recuperando todo lo perdido desde el estallido de la pandemia y subiendo un 3% en el año, la foto es muy diferente si miramos a los distintos índices globales. Y se parece mucho a una K.


La pata superior serían índices como los americanos y chinos, con el Nasdaq subiendo más de un 25% en el año, por el más del 7% del S&P 500 y del Shanghai Composite. La pata inferior la constituyen índices europeos como nuestro querido Ibex 35, con una caída cercana al 28% o al 15% en el caso del Eurostoxx 50, agregado europeo. Pero acercando un poco más el microscopio también vemos que existe una K dentro de cada uno de los índices.





El S&P 500 americano sube un 7% en el año, y cerca de la mitad de los valores se revalorizan en el periodo, principalmente aquellos que desarrollan su actividad en el sector tecnológico, en campos como el e-commerce o todo lo relacionado con la tecnología. En el lado contrario, encontramos principalmente aerolíneas y compañías energéticas. La K se da incluso a nivel intra-sectorial. En tecnología, que como hemos visto es el sector que está volando en bolsa, vemos también compañías como Intel o Cisco que pierden cerca de un 20% en el año.


A nivel social, la K es también bastante evidente, como se ve en datos como la evolución del desempleo por niveles de renta. Las rentas altas, en general, tienen más posibilidades de trabajar de manera remota, lo que permite que continúen desarrollando sus actividades y tengan menor probabilidad de ser despedidos en el primer envite de la crisis.


Fuente: Bloomberg y U.S Census Bureau Household Pulse Survey



De hecho, en EE.UU, la tasa de empleo de los trabajadores que suponen el 25% inferior de las rentas (menos de 27.000 dólares al año) ha caído en cerca de veinte puntos, mientras que la del 25% superior (más de 60.000 dólares al año) apenas lo ha hecho en un 1%.


Los bajos niveles de tipos de interés, que se establecen como medida de estímulo para la economía al rebajar los costes de financiación de empresas y particulares, tienen un impacto importante sobre las valoraciones de los activos. A menor tipo de interés, menores retornos exigidos a los activos y, por tanto, mayor precio a pagar por ellos.


Esta situación nos lleva a pensar en la necesidad de plantear las medidas de ayuda contra la pandemia de tal manera que no perpetúen estas diferencias. Por el momento, las medidas de bancos centrales y gobiernos han servido para mantener los mercados en funcionamiento, con acceso a la financiación así como para evitar parte de los despidos y los cierres de empresas que se habrían producido en caso de no intervenir. Sin embargo, los efectos secundarios de estas medidas son visibles en las valoraciones de los activos, que principalmente están en manos de la proporción de población que menos está sufriendo los efectos de la pandemia. Como hemos visto, esta han tenido un impacto menor en los niveles de empleo de los salarios más altos, con mayor capacidad de ahorro y con más activos en propiedad, tanto financieros como inmobiliarios, así como con capacidad para tomar dinero prestado a tipos de interés ventajosos.


Incluso podríamos argumentar que todo esto puede incrementar la brecha entre las generaciones más jóvenes y las adultas, pues los primeros verán limitada su capacidad para componer el capital a largo plazo al tener retornos esperados más bajos mientras que los segundos ya han formado la mayor parte de su riqueza y se benefician de las subidas de precios. Algo similar podría aplicar a mercados como el inmobiliario, con unos jóvenes poco capaces de tener acceso a la propiedad mientras los precios de los pisos, y con ellos el de los alquileres (¿o es al revés?) suben.


Si la economía continúa sin dar muestras de una recuperación sólida, corremos el riesgo de que estas diferencias se perpetúen. Es muy necesario pensar en las repercusiones de las medidas de los bancos centrales sobre el futuro de los más jóvenes.